Café – Foyer Palacio de Festivales

Café – Foyer Palacio de Festivales

Santander

El Palacio de Festivales de Cantabria situado en Santander, se construyó en 1990 con la idea de ser el hito cultural de la ciudad y albergar el prestigioso Festival Internacional de Música y Danza que celebra desde 1952 en la misma.

 

Para ello se convocó un concurso con 7 propuestas, del cual resultó ganadora la del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza (1918-2000). Unos de las arquitectos más influyentes e importantes de la arquitectura española, con obras tan relevantes como Torres Blancas (Madrid), La Sede del Banco de Bilbao (Madrid) o el mismo Palacio de Festivales, obra polémica y arriesgada pero que acabó convirtiendo en un símbolo de la ciudad.

 

El Edificio es un espacio multidisciplinar compuesto por tres salas principales, la Sala Pereda, la Sala María Blanchard y la Sala Argenta,  y están concebidas para albergar teatro, cine, música y danza.

 

La ornamentación es post-modernista y está inspirada en el estilo clásico, representado en los materiales principales, mármol, cobre envejecido y los colores rojo y azul presentes en  diversos elementos del edificio.

 

El proyecto se trata de una de las actuaciones de modernización del edificio por el 30 aniversario del mismo y conlleva la reforma de la cafetería del vestíbulo Foyer del Palacio de Festivales de Cantabria, se encuentra situada junto a la Sala Pereda y su acceso es por Gamazo.

Además del uso de cafetería cuando hay eventos en el Palacio, es también la entrada para el personal que desarrolla su actividad laboral en el Palacio de Festivales y sus visitas y da acceso a los alumnos y profesorado de la Escuela de Artes Escénicas.

 

El espacio de unos 180 m2, presenta la dificultad de pertenecer a un edificio tan emblemático de la ciudad y tener esa dualidad en su uso, vestíbulo – foyer y cafetería para los eventos.

Por otro lado, intervenciones en el mismo con lenguajes contrarios al del edificio tanto en forma como en materiales, nos hacen plantearnos ser lo más prudente y respetuosos con el edificio del  maestro Oiza.

La primera decisión es limpiar el espacio de todo este lenguaje ajeno al proyecto original, y concebir un proyecto que tanto formalmente como en su materialización no modifiquen el espacio.

Para ello se conciben unas finas láminas de madera, como un “una traje a medida” que se adecua a los pilares, paredes y techos. Una piel que “flota” ligera en el espacio y te genera los elementos necesarios para el uso requerido, techo para albergar luminarias, asiento para las mesas y estanterías en la trasbarra.

Esta fina piel se separa de su contenedor y se quiebra o se perfora para adecuarse a las columnas originales o huecos existentes, y se suspende del techo, sin tocar el suelo, para enfatizar ese afán de respeto por lo original.

No intenta competir, sino simplemente con el mínimo gesto, los mínimos pliegues, dotar al espacio de lo necesario para su nuevo uso.

A nivel de materiales, la barra  es un volumen que nace del suelo continuando el mármol original, al igual que las luminarias también en mármol, pero para las láminas de este mínima “piel” se escoge la madera un material que no está presente en el proyecto original, para que la intervención se reconozca como un complemento de lo existente y no un intento de continuar con lo existente transformándolo.

En conclusión, la mínima adición de elementos para que el espacio tenga un nuevo uso respetanto lo existente.

Fotografía: Imagen Subliminal